Después de la avalancha, pensaba que todos estaríamos dispersos, sumergidos bajo la nieve. Pero la realidad era mucho más terrible que eso, mucho más horrenda que una muerte por asfixia o hipotermia.
Una vez recuperada la conciencia, mis ojos se encontraron con una amplia estancia en semipenumbra. El grupo entero estaba ya despierto y moviéndose por el salón de esa especie de castillo en el que nos encontrábamos. Nunca entenderé cómo pudimos aparecer allí cuando en realidad habíamos sido engullidos por un alud. Sin ventanas y en un estado lamentable, una vez mis ojos se acostumbraron a la luz de la sala, pude ver a mis compañeros en una frenética actividad, revisando todos y cada uno de los rincones del salón. Cada una de la puertas que conseguían abrir utilizando para ello los instrumentos de escalada, no les llevaban a ningún lugar, detrás de cada una de ellas sólo se encontraban escombros que caían sobre ellos. Sólo de una de éstas puertas apareció algo de carne, agusanada e inservible parecía deshacerse en las manos.
Todavía aturdido y en el suelo, pude sentir el rumor que se acercaba cada vez más por uno de los muros más oscuros del salón. No fue el único en darme cuenta, mis otros compañeros dejaron la exploración del lugar para dirigir sus miradas hacia esa zona. El único irlandés que se había unido a nuestra compañía, se apresuró a sacar una pequeña linterna que siempre llevaba consigo en la mochila. Encendió el foco y dirigió su haz hacia el lugar de origen del ruido. Con esta luz pudimos comprobar que existía un gran portón atrancado con madero. El portón no se podía distinguir a simple vista con la luz que se colaba por las grietas del techo de la sala donde nos encontrábamos.
El rumor aumentó cada vez más en intensidad. Recordaba a un enjambre de abejas enfurecidas acercándose cada vez más a la puerta. La inquietud aumentó todavía más en el grupo (ser tragado por un alud y aparecer sin explicación aparente en un lugar desconocido completamente ilesos, no era una situación que hiciera que ya partiéramos de una situación de calma). A esas alturas ya había conseguido levantarme, recuperar mis cosas del suelo y reajustar el equipo. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que la temperatura era agradable, no el frío extremo que se esperaba durante una cruenta tormenta de nieve en medio de la cordillera del Himalaya. El sonido que nos mantenía en vilo estaba ya al otro lado de la puerta. El irlandés, como una polilla atraída por una luz en medio de la noche, llegó hasta el portón y apoyó su mano libre en él. Justo en ese momento, el ruido desapareció, dejando tras de si una sensación similar a la calma que precede a una tormenta, y esa tormenta parecía estar tras la puerta, esperando para entrar. Ninguno de nosotros era capaz de articular una sola palabra, nuestras gargantas parecían atenazadas, tampoco emitimos un solo grito cuando empezaron los golpes en la puerta.
Cada golpe hacía temblar la puerta y nuestro ánimo. Los goznes crujían tras cada embestida y la tranca parecía combarse poco a poco por los golpes recibidos. El irlandés, justo después del primer golpe cayó hacia atrás, quedando sentado en el suelo con la cara desencajada y la mirada perdida en la puerta. La linterna escapó de sus manos, y rodando quedó dirigida hacia el centro mismo de la única barrera que nos separaba de lo desconocido. Retrocedimos. Paso a paso no íbamos separando lo máximo posible de la puerta, todos menos el irlandés que seguía en el suelo.
La tranca empezó a quebrarse, lanzando astillas encima de la vetusta alfombra que cubría el suelo. El último golpe parecía que no iba a llegar, y casi como si el tiempo se hubiera detenido, las dos hojas del portón se abrieron con la embestida definitiva. Un aullido surgió cortando la densa oscuridad del otro lado. El foco del irlandés nos permitió hacernos una idea de qué había entrado: una figuras blancas, medio humanos y medio bestias, mostrando permanente sus enormes colmillos, pues parecían con caber dentro de sus horrendas bocas. Sus cuatro patas acababan en unas enormes garras que recordaban a cuchillos militares fundidos a una pezuña. Pude distinguir a cinco de estas bestias. El serpa consiguió decir una única palabra "morlocks". Esto pareció romper el hechizo en el que nos encontrábamos y la sangre llegó a nuestras piernas para poder escapar de los seres que habían cruzado el portón, pero no todos fuimos tan rápidos. El irlandés fue el primero en morir al estar más cerca de ellos. Menos el que estaba ocupado con desdichado irlandés, las otras cuatro bestias se internaron en el salón con una agilidad sorprenderte, lanzándose a la persecución y poder cobrase alguna presa: nosotros. La siguiente en morir fue la inglesa, alcancé a ver como una de estas bestias le desgarraba el cuello con una de sus enormes y afiladas garras.
Los gritos y los aullidos inundaron el ambiente. Jon, el hermano de la inglesa, trastabilló cayendo al suelo, y sobre él dos de estas bestias. El otro ser que todavía no había alcanzado a ninguno de los nuestros, corría por la pared, clavando sus uñas en la sólida piedra mientras entre sus dientes escapaba un sonido que recordaba demasiado al de las abejas, lo que escuchábamos mientras se acercaban. Mi mente estaba bloqueada, sólo me movía por instinto, y fue por instinto por lo que mis piernas se encaminaros hacia la oscuridad que había más allá del portón, internándome en lo desconocido, pero también, por la única salida existente. Antes de cruzar la puerta, recogí la linterna del irlandés, a él ya no le haría falta. A mis espaldas pude escuchar más gritos de mis compañeros, pero era incapaz de volverme, tenía ante mí la salida y era lo más importante. Pasé a toda velocidad al lado de la cosa que ya estaba devorando al irlandés, yo ya no era importante para eso.
Al otro lado un ancho pasillo giraba a la derecha y parecía ascender levente, pero no era eso lo que más me importaba: sólo importaba correr. El pasillo giraba a un lado y a otro, incluso a veces creía que acabaría volviendo a la sala en la que despertamos. Delante mía parecía haber cada vez más luz, y por detrás, y por suerte, no escuchaba ya ni gritos, aullidos o zumbidos de abejas. Así llegué a los canales, cruzando un arco y llegando a una pasarela de piedra con agua a ambos lados, a escasos 10 centímetros de los bordes. La luz parecía entrar de un agujero, perfectamente circular, situado en el medio de un enorme techo abovedado que contenía bajo él toda la zona de los canales. El paso de los canales, desde donde me encontraba, parecía un laberinto sin paredes, sólo separando las pasarelas por los canales de agua.
Justo en el vértice del primer giro de la pasarela, puedo ver algo con luz propia, casi angelical, flotando a metro y medio del suelo sin mover prácticamente sus alas luminosas. De no más de 40 centímetros de tamaño, parecía contener todos los colores existentes en el mundo. Mi algo más calmada mente relacionó al instante esa presencia con un ser que sólo aparece en las historias de los niños más pequeños que todavía creen en la magia, hasta creía haberle leído alguna vez a mis pequeñas hijas un cuento sobre esos seres. Mi lengua sólo consiguió pronunciar dos palabras mientras el ser se acercaba:
- Un hada...
Ni en cinco vidas estaría preparado para escuchar lo que el hada me contó cuando estuvo lo suficientemente cerca de mí...